Al día siguiente estábamos en el bar la
Bodeguilla, Manolo, Ginesillo, Pedro, mi padre y yo y a las
7 más o menos, todos en el coche y ...al cerro, a cazar perdices.
Todos ilusionados empezamos a
montar escopetas, polainas, chalecos.
Por fin echamos a andar falda arriba dejando gente en sus puestos para salir al ataque de las pobres perdices, pero conforme pasaban las horas los ánimos empezaban a descender, porque las perdices no hacían acto de presencia, no se escuchaban cantar ni volar.
Eso no había pasado nunca.
No sabíamos donde estaban metidas las pobres.
Por fin echamos a andar falda arriba dejando gente en sus puestos para salir al ataque de las pobres perdices, pero conforme pasaban las horas los ánimos empezaban a descender, porque las perdices no hacían acto de presencia, no se escuchaban cantar ni volar.
Eso no había pasado nunca.
No sabíamos donde estaban metidas las pobres.
Al final vimos algunas
a lo lejos, volando, pero volaban largas.
Empezamos a animarnos y, poco a
poco, se acercaba el momento para disparar. Al final los que si
llevaban tiros pegados eran los de abajo porque se las echábamos mi
padre y yo, pero sin poder tirarle nosotros porque sabían el
latín.
En un momento dado, se descuidó
una banda, salió a tiro y no lo malgasté, porque de dos tiros que
pegué, dos perdices cayeron al suelo.
Después me encontré con mi
padre, luego a Pedro y Pedrillo que iban juntos, como padre e hijo,
entre las cuatro escopetas que íbamos llevábamos seis perdices,
Manolo tres, Pedro cero, mi padre, una y yo dos. Esa fue toda la caza
de ese día.
EN RESUMEN : Esperemos
que este día no se repita en un par de años por lo menos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario